martes, 12 de noviembre de 2013

"Medio y Un Año de Vida" XII Dejando el tiempo pasar

XII Dejando el tiempo pasar


Sigo aquí sentando tratando de recordar cada momento, tengo mil imágenes en la cabeza tratando de tomar posición para ordenarse en mi línea del tiempo pero me da la impresión que todas quieren tomar palco y hacerse participes como plato principal y era que no, cada imagen, cada recuerdo, cada segundo que pasé junto a ti mi princesita es algo que no podré jamás borrar de mi memoria y cada uno de esos instantes es el más importante en mi vida…. Y por Dios que te necesito.

Ayer por la tarde comencé a repasar los instantes que vivimos luego de esos jueguitos de miradas y se me hace confuso ordenar los momentos. Recordaba por ejemplo que pasado poco tiempo de aquel castigo comenzamos a entablar cierto grado de amistad e inclusive me hice participe de sus salidas de fines de mes donde llegabas con tu pololo…
Me atreví en alguna ocasión a almorzar con el grupo en la sala donde se reunían o ser a veces parte de las convivencias o celebraciones de las cuales solía no disfrutar mucho, siempre tenía mucho que hacer además del hecho de que, bajo mi imagen de hombre fuerte y de toma de decisiones soy bastante tímido y me cohibían los grandes grupos..pero ahí estaba. Por ti.

Cada vez que se me daba la oportunidad de generar algún cambio donde el beneficiado fuese yo y estuvieses involucrada lo hacía sin pensar. Así y a pesar de tu reiterada molestia te metía en todos los “cachos” que se me asignaban para poder trabajar contigo, y más aún me gustaba por el hecho de que te costaba un poco aprender y preguntabas las cosas una y mil veces, y a pesar de mis refunfuñadas y mis caras debo confesar que me encantaba tener que explicarte tantas veces fuera necesario y con ello acercarme a ti, aunque cuando te hablaba me mirabas con tanta atención que sentía que mi pecho iba a estallar.

Así pasado el tiempo nos mudamos a Quilicura, donde pude tomar las riendas de todo el personal que realizaba tu misma labor y por ende pasar a ser tu supervisor directo. Estaba en el cielo, y no porque todo fuese blanco y todos vistiesen de blanco, sino porque aún recuerdo en primera instancia elegí a propósito un puesto muy cerca de mí donde en silencio te espiaba todo el día sin tu saberlo.
Por aquel tiempo dejaste de estar con tu pareja y tuve con dolor que comerme el verte con ese pelotudo con quien trabajabas, y más aún tener que hacerme el fuerte cada vez que solicitaba mi ayuda, o solicitabas le ayude cuando tuvo problemas, con sus atrasos, inasistencias y aunque me daban ganas de matarles a ambos nunca dije no… a él lo quería matar por estar contigo y más aún hacerte parte de sus problemas y a ti… a ti por no verme.


Sin embargo esa cercanía nos llevó irremediablemente a estar más cerca, aunque te acercabas a mi solo para hablar de tus malas convivencias, malas relaciones con tu entorno, que no te gustaba el puesto, que tus supervisores aquí y acá y yo de ello aprovechaba cada instancia para extender las conversaciones y tratar de entrar un poquito más en ti, en tu vida y en tus problemas. De un momento a otro me transformé en una especie de sicólogo y tuviste la deferencia de confiar en mí, y escuché muchas cosas que quizá no necesitaba saber, y te dí muchos consejos que quizá jamás debí dar, pero cada vez que te fiaste de mí, tomé todo ello que comenzaba a sentir y lo guardaba en el bolsillo, al olvido, y me dedicaba a pensar solo en ti y en tu beneficio, a pesar de que cada vez que te decía que lucharas por él dentro de mi se generaba una batalla inmensa entre mi corazón y mi cabeza… Mi corazón le pedía a mi cabeza no pensar más en ti, y mi cabeza le pedía a mi corazón dejar de sentir aquello que comenzaba a crecer dentro de mí…. El primero no tenía la razón, el segundo simplemente no estaba equivocado.

Me hice partícipe de tus vivencias y la cruda realidad que vivías en el día a día en casa, los gritos y las peleas, malos hábitos y mañas, que sin saberlo se estaban interiorizando tanto de ti que tú misma ni te dabas cuenta cuando la ira te invadía y perdías por completo el control de tu persona y tus actos. Herías sin mirar, sin medir, ni pensar a qué o a quién, las palabras a veces se clavan más profundo que una daga cuando van al corazón. Y después el orgullo, ese orgullo silencioso y punzante.
Generabas una distancia tan fría y sin explicaciones, la que logré ver tantas veces entre quienes te rodeaban, y siempre tuve la palabra adecuada y el consejo necesario para quien hería como para quien resultaba herido. Creía ir conociéndote y tener la capacidad de estar ahí contigo y ayudarte.
Supe también de tu pena negra que ronda tu vientre y que de cuando en cuando te trae dolores y molestias que generan una especie de bipolaridad en que nada es lo suficientemente bueno y todo es demasiado malo. Recuerdo que había que caminar a una distancia prudente de ti para no terminar con algún daño colateral. Y trataba de regalonearte y hacerte reír…sin ser absolutamente nadie para ti.







No hay comentarios:

Publicar un comentario