VIII Santiago, Otra Vez
Y tal como las cosas se
fueron transcurriendo, caras largas, malos ratos, cambios de genio, peleas
constantes y otros, en un largo periplo del que no voy a hacer mención esta vez
puesto que el frío y el hambre del momento aún me vienen al recuerdo, nos vimos
finalmente en Santiago.
En una primera instancia
éramos algo así como Marco, el personaje de “De Los Apeninos A Los Andes” (a
veces me identifico con él). Si bien, veníamos a la casa de mi mamá, aún no
estaba la puerta abierta del todo, llegamos a riesgo propio, huyendo del pasado
y en pro de una vida mejor.
Primer paso, en la calle, no
teníamos donde llegar realmente. La pareja de mi madre no aceptaba la idea de
“mantenernos” por un lado y por el orto mi vieja amenazándolo de irse con mis
(ya dos) medio hermanas, las cosas a partir de ese punto no podían ir bien.
Por otro lado mi viejo se
convertía en un ser detestable, de genio más cambiante que nunca, si bien dejó
de lado los vicios, el haber perdido esta batalla fue un golpe demasiado
fuerte.
Nosotros mientras, bien…
solos en Santiago sin lugar donde ir. Bien.
Recordaba, por que solía
hablarle, el número de mi abuela materna, con quien en primera instancia pude
comunicarme, casi dos días, toda una noche de viaje y desfalleciendo ya por el
hambre, por Dios! aún éramos niños!
Mi abuela llego por nosotros
por fin, de mamá..nada aún. Mi abuela, a la misma que le dejaba la cagada en el
departamento cuando era un niño fue quien nos acogió, lo primero que recuerdo
al entrar en él fue el cuadro del niño llorón, recuerdos…
Se notaba el paso del tiempo,
la casa tan vacía, muy distinto a tiempos anteriores donde viviamos cerca de 8
o 10 personas medio hacinados. Ahora mi abuela casi sola. Cohabitaba con mi tío
(culpable de mi afición por el rock) y mi tía, compañera inseparable de mi
hermana. Y para nosotros, en ese momento no podía haber mejor lugar. Del pasado
no habían palabras, solo llantos furtivos mirando el atardecer desde la ventana
al saberme ahí, en un punto medio, lejos del origen y sin llegar al
destino…pasaban los días y de mamá nada. A mi abuela comenzaba a molestarle a
sobremanera la indiferencia de mi madre que se suponía sabía estábamos acá, y
nada.
Un día, simplemente mi abuela
toma nuestras pocas pertenencias y emprendimos el camino. Rumbo a la casa de mi
mamá. Sin aviso, sin preguntas.
A así pues, los nervios y
ansiedad eran demasiado para poder con ellos…me sentía físicamente mal, pero el
reloj avanzaba y había cosas por hacer.
Llegamos a esa casa, donde
encontraríamos la paz finalmente, la libertad…. Pero no había nadie…no lo podía
aceptar. Me aferré a la reja y rompí en llanto, estaba preso del mundo y no podía
pasar esa reja porque esos brazos que creí me esperaban no estaban… no pude con
ello. De súbito aparece una silueta familiar, la señora de la casa esquina, que
conocíamos solo como “abuela”, me tomó entre sus brazos y me llevó a su casa,
nos dio de comer, nos encendió el televisor y nos dejó sentados al living
tomando una leche caliente, gente de sur…no tiene comparación.
Ahí nos contó que mi mamá
solo había salido, al parecer por unos días a la playa, que volvía pronto y, si
queríamos podíamos quedarnos en su casa a su espera. Era que no.
Pasaron un par de días,
asomado a la ventana mirado un par de casas más allá y nada, hasta que a la
tercera jornada por la noche se estaciona un autito de color rojo fuera del
portón de entrada. Conocía ese auto y al hombre pequeño que bajó a abrir el
portón, echo un torpedo salí raudo, a tropezones para alcanzar tan pronto
pudiese a esa figura….mientras corría ví una silueta asomarse a la ventana del
auto y al verme salió de un salto y rompiendo en llanto caímos de rodillas al
suelo.. – “ya estoy aquí, mamá….”
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