IX Todo Este Tiempo Resumido en Líneas
Sin Un Sentido
Nunca dijimos que sería
fácil.
Al principio, la lucha de
egos entre mi mamá y el hombrecito nos llevaba a pasar horas encerrados en la
pieza. Ya no habían salidas en camioneta, ni tardes de Atari, ni paseos en
bicicleta. Por el contrario, todas aquellas cosas que pudiesen generarme algún
grado de alegría o satisfacción se mantenían encerradas en una pieza bajo
llave, lejos de alguna posible sonrisa. El aire se cortaba con el filo de una
navaja, cada día era igual. Ya habíamos retomado el colegio, lo que nos
permitía escapar un poco de ese aire. Mi mamá comenzaba a enfermarse con
frecuencia a raíz de esto que estábamos viviendo, y con mis hermanas pequeñas
ya se le hacía demasiado agotador. Yo nunca generé mayor problema, mas que mal
aprendí desde muy chico a valerme solo. Mi hermana en cambio se convirtió en un
gato de chalet, generando más estorbo que ayuda alguna. Yo me valía por mi
mismo, y de hecho andaba casi todo el día cerca de mi mamá por si en algo
necesitaba de mí, me gané el apodo de mamón por ello.
Aprendí muy pronto a convivir
con mis nuevas hermanas y generamos una relación muy estrecha, de mucho cariño
mientras mi hermana se convertía en el enemigo. En ocasiones por las noches se
oían las peleas entre mi mamá y hombre pequeño por culpa de nuestra presencia,
ya no quería estar ahí, tampoco allá…no era lugar para mí… Solía pensar en la
casa de mis “abuelos” en el sur, esas comidas con aroma a campo, esconderme en
la leñera, dentro del horno cuando la cocina estaba apagada, bajo las
escaleras, en la buhardilla… y siempre había alguien que me buscaba porque
necesitaba regalonear conmigo. Ahora podría esconderme en cualquier lugar y
nadie lo notaría, como las tardes en el entretecho de la casa de papá donde me
perdía leyendo…nadie me necesitaba.
Recuerdo que a raíz de toda
la presión mi mamá decidió contratar una persona para que nos cuidase y ella
poder dedicar tiempo también a otras actividades, para evitar el encierro. Así
llegó un día ella..nunca recordaré su nombre, era una mujer perteneciente a la
iglesia evangélica, delgada, tanto que parecía pudiesen tocarse sus huesos al
posar la mano sobre su piel, morena, de lacios cabellos negros y mirada
penetrante. Yo la miraba a la distancia, me parecía tenebrosa, mis hermanas no
salían de la pieza si ella estaba, salían solo cuando entraba ella a hacer
aseo. A veces la mirábamos entre la puerta puesto que de cuando en cuando se
quedaba inmóvil rezando, era un acto bizarro, parecía poseída, pero eran lapsus
de segundos, a mi mamá le molestaba mucho ello y le pidió no hacerlo en casa.
Solía mirarme extraño porque
mi regalo favorito era una cruz forjada en metal, de apariencia muy antigua, no
era de un tamaño significativo por lo que podía acompañarme donde fuese.
Siempre tuve alguna simpatía por las imágenes religiosas, pero parece que ella
no.
Un día, como todos, me fui al
baño a lavar un poco de ropa, la independencia era lo mío. Eché la ropa a la
lavadora, agua, detergente y dejé el envase sobre la tapa de la taza de baño.
De pronto sonó el teléfono y como habitualmente salíamos corriendo a contestar
con la esperanza que fuese mamá para preguntar como estás? Y en dicho afán y
apuro dí vuelta el detergente que cayó al suelo, no importa, total se recoge,
la urgencia del teléfono es mayor. Al volver largué a reír, era un simpático
espectáculo ver el detergente con sus puntitos azulinos y celestes derramados
por el piso gris, fui por la pala y la escoba para hacer lo mío. Comencé la
faena, no sin antes jugar un ratito con el polvillo sobre el suelo, era más
divertido el detergente en el suelo que en la caja, hay que reconocerlo.
Estaba ahí embobado en mi
juego cuando la puerta se abre de par en par y aparece la silueta delgada,
tenebrosa en el umbral. Me da un grito reprochando mi actividad ante lo que le
pido que no se entrometa, que yo puedo sin problemas con ello..no alcancé a
terminar mi frase cuando siento una cachetada que me azota contra la pared y me
hace caer al suelo…. Ahí quedé.. inmóvil, preso del pánico, miedo, el dolor y
el recuerdo. Hubo la suerte que, por esas cosas que solo ellas entienden, mi
mamá llegó temprano a casa, muy poco después del incidente y yo aún estaba ahí
mientras la nana oraba en el patio. Al verme y tratar de rescatar alguna
palabra me hallé con la sensación de que todos los golpes que recibí durante mi
infancia volvieron a mí, todos los llantos que ahogué necesitaba dejarlos ir
ahora, todas las veces que quise que mi vieja estuviese ahí para desahogarme
eran ahora…y no pude contener el llanto… Mi mamá salió por la nana en busca de
una explicación y ésta le dijo lo sucedido, observé en los ojos de mamá -aunque
fea la comparación- la misma mirada se asentaba en el rostro de mi viejo cuando
me pegaba y brillaba el odio bajo sus cejas… solo sentí como su mano golpeó el
rostro de la nana y a fuerza de empujones la sacó de la casa. Nunca más la
volví a ver. Nunca más tuvimos nana.
Y ese simple hecho, ese
sentimiento que despertó en mí, el hombre pequeño pudo apreciar el estado
catatónico en que caí, el miedo, el terror que había en mi lo que hizo que,
finalmente, se dieran cuenta que era ahí donde debíamos estar, y no bajo el
yugo opresor y golpeador de mi papá.
Claro que siempre hubo de
quedar sentada la distancia entre nosotros, la diferencia entre las hijas y los
huachos, sin decirlo pero se sentía. Solo que ahora éramos parte de esa casa, o
a lo menos nos hacían notar que existíamos.
Y así los años pasaron, de
vez en cuando iba de vacaciones a ver a mi otra mamá y de pasadita toparme con
mi viejo, poco a poco, entre más pasaban los años y mas viejo se hacía iba
notando en su mirada el arrepentimiento. Pero esperaba el momento para el
perdón.
Ya pasado el tiempo, sin
mucho aporte, tuve un primer momento realmente complejo con una crisis
existencial severa. Estaba ya en cuarto medio, cuando comencé a sentir la
necesidad paterna o familiar o algo que me apoyase y en ocasiones me
contuviese, no era lo uno ni lo otro… Y así acumulé sentimientos, sensaciones,
soledad, angustias, abandono… opté por no seguir yendo al colegio, día tras día
seguía de largo en la micro y me iba al centro, pasaba horas en la iglesia San
Agustín en donde me hice amigo del señor que cuidaba y hacía aseo, algún día si
me alcanza el tiempo escribiré sobre las historias que me contó y ahí se
guardan con celo. Y pasaba el tiempo y yo sin hallar sentido a muchas cosas. Me
llenaba de preguntas y no había respuestas. Cuando mi vieja entró en
conocimiento de ello ya era tarde, era cerca de Septiembre y había perdido el
año por inasistencias, siendo uno de los mejores alumnos, hasta ahí promedio
6.5, pero de nada me servía. Preferí, bajo el compromiso de al año siguiente
culminar sin problemas, bajo esa situación dejar el liceo por lo que quedaba
del año y salir a buscar (me). Y así fue, dejé el liceo, tomé mis cosas y me
fui a mochilear al sur, 6 meses de soledad al extremo del mundo. Necesitaría
dos libros más para contar lo vivido, pero ahora, no viene al caso. Cuento
corto, volví hice mi mejor esfuerzo, cumplí como uno de los mejores de la
carrera, salí y obtuve mi título. Como dato anecdótico, la noche de la gala, al
bajar del escenario fui recibido por mi mamá y mi papá, juntos. Fue algo
bastante freak. Luego me invitaron a cenar, y ahí, los tres sentados en la
mesa, yo en medio escuchaba sus historias de jóvenes, sus carretes, fiestas,
pololeo y yo ahí. Hey! No se acuerdan lo
que vino después??!! Las consecuencias
están en mi cabeza, en mi corazón en mi piel y ustedes ahí como si nada,
riéndose!!! Yo soy quién se tuvo que mamar todas sus malas decisiones, sus
pendejerías, sus odios, su estupidez e imbecilidad!!! Qué no se acuerdan????
…se los hubiese dicho pero preferí guardar silencio. Mal que mal estaban ahí,
los dos, riendo, ese era un recuerdo que no alcancé a rescatar de mi infancia,
cuando “éramos felices”. Me guardé esos minutos, quizá sería la primera y
última vez, sin embargo tenía mucho tiempo para tirarles toda la mierda que
tenía dentro.
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